¿Estás preparado para entrar al sótano...? Un aviso: cuando entres en él, ya no podrás salir.
Podéis leer el prólogo aquí o en formato PDF: http://es.scribd.com/doc/94422050
PRÓLOGO
Aunque han pasado muchos años, mi mujer y yo seguimos
visitando sus tumbas. Fueron valientes, pero hace mucho que cayeron en el
olvido. La última vez que fuimos a verles fue hace unos días, un domingo. Una lluvia fría que helaba los huesos y la niebla
interrumpieron nuestra visita. Ese día concluyó una etapa de nuestra vida.
Nunca los olvidaríamos, pero era hora de pasar página.
Una tarde como otra cualquiera, Paloma consultaba su correo electrónico. En la bandeja de entrada resaltaba un nuevo e-mail de su novio. Lo abrió y vio que solo ponía “Calle Latina número 32, a las 17:30, es una sorpresa. Te quiero”. ¿Qué le tendría preparado el pillín de su novio? Aunque no le gustaban mucho las sorpresas se estuvo arreglando durante más de dos horas. Se duchó, se vistió, se peinó, se maquilló... Consultó en Internet donde quedaba la calle Latina. No estaba muy lejos, podía ir andando.
Una tarde como otra cualquiera, Paloma consultaba su correo electrónico. En la bandeja de entrada resaltaba un nuevo e-mail de su novio. Lo abrió y vio que solo ponía “Calle Latina número 32, a las 17:30, es una sorpresa. Te quiero”. ¿Qué le tendría preparado el pillín de su novio? Aunque no le gustaban mucho las sorpresas se estuvo arreglando durante más de dos horas. Se duchó, se vistió, se peinó, se maquilló... Consultó en Internet donde quedaba la calle Latina. No estaba muy lejos, podía ir andando.
Paloma era una chica joven de mediana estatura, el pelo hasta los hombros y
negro, y una sonrisa permanente con la que había conquistado a más de uno. Estaba
estudiando para las oposiciones a profesora de primaria. Le encantaban los
niños, y, aunque rozaba los treinta algunas veces se comportaba como si todavía
fuera una niña.
Se miró por última vez en
el espejo. Ese día llevaba una camiseta roja, un chaleco negro y leggins y
zapatos de tacón del mismo color.
Salió de su casa sin saber que aquella sería la última vez que cerraría esa
puerta. Llamó al ascensor y unos segundos después se abrieron las puertas y
apareció ante ella una de las ancianas del bloque. La señora se la quedo
mirando y murmuró por lo bajini “Estos jóvenes de hoy en día”. Como Paloma
vivía en el quinto piso tuvo que soportar la mirada indiscreta de la señora
durante más de un minuto. El ascensor se paró en el bajo y Paloma salió. Cuando
las puertas se estaban cerrando, Paloma se dio la vuelta y le dedicó una mueca
a la anciana. Después el ascensor se puso en marcha, bajando hacia el piso
menos uno.
Paloma salió a la calle. Todavía eran las cinco, tenía tiempo de sobra.
Paloma salió a la calle. Todavía eran las cinco, tenía tiempo de sobra.
Caminaba mientras se imaginaba lo que le tendría preparado su novio, una cena
romántica, teatro, cine... Entre todas esas imaginaciones miraba las calles por
las que iba, pero un vez cuando observó a su alrededor, vio que el barrio en el
que había entrado estaba lleno de tiendas tapiadas o en venta, cristales rotos,
calles desiertas... Agarró con más fuerza su bolso y buscó con la mirada el
nombre de la calle en la que estaba, por si se había equivocado de camino, pero
no había ningún cartel, ni nadie a quien preguntarle. A lo lejos se oyó la
sirena de un coche de policía. Paloma siguió caminando más rápido que antes. El
sonido de sus tacones resonaba en toda la calle. Iba mirando a todos lados en
busca de un cartel que le guiase, o que pusiese Calle Latina, sin resultado. Se
iba a dar la vuelta cuando vio en un cartel oxidado el nombre de la calle.
Suspiró de alivio, pero después se sintió desconcertada. ¿Por qué le habría
citado su novio en aquel barrio? Solo podría saberlo de una manera, así que
siguió andando mirando los números en las puertas.
De repente, en la calle desierta apareció un viejo coche gris metálico. El auto
se puso un poco por detrás de ella. Paloma aceleró más el paso, ahora casi
corriendo. Dieciséis, dieciocho, veinte, ya faltaba poco. El coche también
había acelerado. Su corazón latía bajo su pecho, con fuerza y rápidamente. Ya
llegaba, ya veía el número 32 pintado en una puerta metálica. Sin acordarse ya
de porqué iba allí abrió la pesada puerta y pasó al interior. La puerta se
cerró con gran estruendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario